Latidos de verde trigo en tu camisa abierta.
Unas mangas recogidas en nubes de blanca tela.
Azules tus ojos claros, azules como la niebla.
Esa que flota en los páramos, que los seduce y los besa.
Añoranza de tu abrazo querido abuelo de tierra.
Entre los cipreses prietos lloro mi pena negra.
Y allá, al fondo, muy despacio, suenan tus pasos que se alejan.