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¡Qué puta la vida!

 Qué puta suerte la mía

en una tierra baldía,

de silencios y rencores,

esparcidos en rincones,

igual que los polvorones

de Navidades pasadas.


De envidias mal disimuladas,

de miradas ocultadas

tras cristales enlutados

y cortinajes empolvados

con rostros muy colorados

clavados en las mirillas.


Qué mal poniente esta quilla,

esta casa malherida,

que hace tiempo que no es casa,

ni refugio ni terraza,

que se dirige sin demora

hacia el viejo cementerio.


El gesto adusto, el rictus serio,

las sonrisas se gastan en la ciudad del silencio.

Un viento que vuela se lleva una alondra.

Se persigna una anciana en esta noche sin sombra.

Y la luna no sale, que se encuentra de luto.


Qué puta la vida en el centro del nudo.

Un corazón ya no late,

se halla en el núcleo

de un mundo sin alma.

Tres gotas pequeñas golpean, sin calma,

esta ventana rota que ni cierra ni abre.


Tres gatos sin dueño se mueren de hambre.

El hombre no quiere entregarles su sangre.

Se van maullando muertos de frío,

el hombre no quiere sacarlos del río.


Qué puta la vida a este lado del filo,

las horas del día cuelgan de un hilo,

ancianos y ancianas mastican cantares,

engañando a la muerte cuando viene a buscarles.

La Virgen de Noviembre

 


Sin tener donde agarrarnos

en este pueblo que zozobra,

que nunca ve la maniobra

tiempo antes de estrellarnos.


Sin saber donde mirarnos

en esta España que se muere, 

que se hunde, que bosteza,

que tirita de pereza,

que se pierde de tristeza.


No se oye ni un lamento

en esta Zamora que cruje,

ni un silbido que se cruce

con el llanto de un momento.


Hoy alegre y salerosa,

solariega por el viento del verano,

barco que sueña con un océano

de espuma blanca y acuosa.


Se enarbolan banderines,

 de diversos colorines,

por un pueblo que agoniza

sin saber que ya es ceniza

mientras duerme en los cojines.


Mañana llega noviembre

con el viento del oeste,

los vencejos ya se van

 en busca de otro verano

y una flor te añorará

una mañana temprano.


Las hojas volando están,

descuidadas y embebidass,

de su color malheridas,

suplicando un día más.


El otoño ruge con brío 

y las arranca de cuajo.

Una anciana rigurosa 

se aprieta fuerte el abrigo,

mientras esquiva un yerbajo

y cierra bien el postigo.


Un grano no hace granero

y aunque ayude al compañero,

en esta tierra sin sueño,

irá a manos de otro dueño,

como siempre ha sucedido.


La pobreza nos inunda

a pesar de que se esconda

detrás de unos ventanales

de sonrisas a raudales,

de caras rubicundas

y de llantos en los bares.


Lágrimas de un pueblo seco,

ignorante y pendenciero,

que se bate a machetazos,

que se hiere y que se agrede

con los cuernos de un rebeco.


Tierra de gente gigante,

siempre probando sus fuerzas,

que derribando cosechas

ni aunque Dios mismo las guarde

se librarán de las brechas.


No aprendemos señores míos,

que es mejor vivir el río

que liarse a mamporrazos,

que llenarse de tajazos,

y olvidarse de los mazos.


Zamora con su castillo

y su melancolía sin brillo,

su Duero, su Balborraz,

su Valorio y sus poetas.


Llora tan sola las penas

que sólo una Virgen serena,

toda vestida de negro,

la arropa en el frío invierno

que le corre por las venas.

Se me fueron las mañanas









 ¡Cuántas cosas te contaría amigo!

Te diría que se me fueron las mañanas,

que en su lugar volvieron

las noches largas y las figuras extrañas.


Vería tus dedos blancos rasgar

las cuerdas de la guitarra

a la vez que entonarías 'amor no pasa nada'

te hablaría de rabia, de dolor y de esperanza.

De lo que guarda dentro

mi alma atormentada.


Tus ojos me mirarían con esa luz desmontada

y el silencio lloraría en una danza macabra.

Ahora el tiempo pasó, ya no queda casi nada

de lo que un día parió la tierra de la montaña.


El páramo se vuelve seco al contacto de su cara.

Un mirlo sale volando ante el ruido de la cizaña.

Te diría tantas cosas ...que no caben en el alma.

Cortejo fúnebre


No era el destino de tus ojos coca cola por mucho que se reflejaran en los míos verde musgo con balas del color de una pistola. 

Intentamos retorcer la barra de hierro fundido 
cuan Baco y su martillo pero ¡ay querido mío! 
nunca fue nuestro camino. 

Y aunque el corazón diera saltos y el alma se besara de los pies a la cabeza 
y buscaras entre mis piernas una estrella, 
un fantasma se reflejaba en los cristales rotos de una casa en construcción, 
con las cortinas rasgadas de un amor sin decisión. 
Prefieres vivir en mis sueños 
y allí es lo que no pudo ser en este mundo de espejos. 


Te siento en el vacío de carreteras encendidas con olor a gasolina 
y me susurran tus manos el sonido de mil cremalleras 
en busca de una carne trémula que ya no existe, que se fue con un cometa sin enterarse siquiera. 

Las rendijas son cobijo, el polvo rumor de estrellas y el mar se alza bravío, la playa se llena de conchas que me cortan, que me hieren que me enganchan a tu nombre, que me cuentan que estás vivo. 

Y el sueño se desvanece. Las cremalleras, las carreteras, la gasolina, mis piernas y tu sonrisa, todo huye y desaparece. 

Maldigo el tiempo que no quisimos, me escuecen tus labios y mi soberbia y en aquella plaza rota tu solemne reverencia. 

Y yo farola rota que ni alumbra ni calienta sigo escuchando tu nombre al paso de un cortejo fúnebre de ratas sanguinolentas.

Un día cualquiera de cualquier estación



El barquito sin quilla oye un reloj de metal

que no marca las horas que son de verdad.

La noche le aguarda, le quiere velar.

La luna no sale, no sabe cantar.



Los palos se doblan, les pesa la pena

del hielo que cruje y rompe sus venas.

Su sueño lo guardan mil voces serenas,

en este infierno blanco de nieves eternas.


El barquito sueña con bosques etéreos,

que lo saquen de la nada, que lo arranquen del averno.

El viento ya arrecia, los hombres sin manos se suben los cuellos.

Y el alma se funde en cien mil juramentos.



No toca la espuma su dulce madera.

El agua se esconde, no sale a su vera.

El hielo lo empuja, lo cerca y lo aprieta.

Y el barco se rompe, se abren sus grietas.


Un día cualquiera, de cualquier estación,

el barquito no pudo, tan sólo se hundió.

La noche le espera y, sólo en esta ocasión,

sonará, para él, la nota perfecta de un veloz saxofón.

Qué importa


 Qué importa si la piel de una naranja

se ha dado la vuelta
y ha enseñado los gajos
a millones de grajos
que miran impúdicos
su desnudez.

Qué importa si un mono sabio conduce una moto,
a doscientos por hora,
y cae al arcén.

Qué importa si en esta mañana de claros colores,
de luz sin sus soles,
de silencio y amores,
yo te olvidé.

Qué importa si niños sin nombre se esconden del hombre
que les da de comer.
Si corren o saltan
o cortan gargantas
o las dejan caer.

Qué importa si las cartas
vuelan a mis espaldas.
Si te salen de las mangas.
Si en tu pelo nacen setas
o te dejan de crecer.


No es victoria si me vendan la mirada
y me mantienen enterrada
en medio de este viejo tren,
que chirría,
cuando pasa por las vías
que acaban en el arcén
de un mundo que agoniza,
que no sabe que es ceniza,
y se niega a perecer.

Qué importa ya más nada
si nunca estuvo de cara.
Si nunca miró mi barca.
Si el velero que me arrastra
siempre fue por donde fue.

Qué importa si te vienes
o no lo quieres hacer.
Si creyendo que me arañas,
eres tú la que te dañas,
la que pierde y se envenena.
Yo contaba con la escena,
con guión y con la pena.
Nunca hubo peor ciego que aquél que no quiso ver

Resignación

Una mina desgastada deja caer una lágrima negra, de un grafito que sangra, que derrama un suspiro de espuma de mar. 

Un círculo se cierra y un compás yace clavado, inerte, con las puntitas abiertas, sin poder mirar atrás. 

La que apunta hacia arriba dejó de brillar, tantos otoños ya, que, ni siquiera, recuerda cuando se fue la camisa del vestido plateado, que vestía con esmero, aquella tarde de enero, en la que dejó de vibrar.

Está cansado de esperar, tembloroso ante unas manos cercanas, que expectantes se le acercan, pero ¡Ay, que no lo llegan a tocar!

Ya no baila sobre la seda del papel, no se desliza, en alegres piruetas, ni vuela por el aire dando saltos, volteretas. 

Ya no escucha las risas, ni los llantos, ni los gritos, ni el crepitar de los grillos, que traían esos niños en sus pequeñas maletas.

Muere solo, abandonado, sin función, con desencanto. Sus lamentos no se escuchan en el aula polvorienta, el eco trae de vuelta su voz ronca y lastimera. 

Y una anciana, sólo huesos y pellejo, le quiere cortar la nuca con un medallón en lasca. 
Un mechón albisolado se le enreda entre las tuercas, ya no respira el compás. 

En verdad se ha resignado

No llega diciembre

No llega diciembre. 

Qué triste noviembre con sus hojas caídas, y sus días hirientes. 

Con su luz mortecina que dobla la esquina de un bar sin clientes. 

Una rama brinca y mete sus dedos en una ventana, impertinente. 

Se empotra contra la nada, en un giro imposible, superviviente. 

De otros noviembres, de cientos de días, de mil cicatrices impenitentes. 

Qué triste noviembre, con su carterita manchada de tinta, 
y en el asa una cinta,

y en el lomo sin cierre, una frase que reza: No llega diciembre

Un perfecto desconocido

Los veranos que huyeron no vuelven jamás. Nunca regresa la misma gota de lluvia, ni la salpicadura, de mar y conchas, que te sorprendió, al pairo, aquella tarde. 
Ni sopla el mismo viento, ni las palabras pronunciadas contienen ya la misma vibración, el mismo color. 
No se puede volver al instante en el que se vive. 
Uno cree que sí, que el tiempo es infinito y que todo permanece estático, como en un fotograma de sombrillas sonrientes, con el logo de patatas 'Rissi' tostándose al sol, o el balón de 'Nivea' que, aquel verano capturó el tío con su recién estrenada 'Polaroid', volando raudo por un cielo azul claro y un rumor de olas que ya nunca se borra de los oídos. 
Todo se muestra parado, impasible, transparente al mirarlo a contraluz. 
Cuando uno lo observa, a veces, se tiene la sensación de que esos retazos le pertenecen a otro. 

Se diría que no es uno el dueño de esa cara, ni de esa mueca, ni de esa playa, y pasados los años, ni siquiera le llega a pertenecer la mirada que nos devuelve, impresa en papel satinado, alguien que, hoy, nos resulta un perfecto desconocido.

Un grito atraviesa el cielo

Un grito atraviesa el cielo con una pedrada de sangre. 

Se bifurca en los senderos, no hay sonido que lo acalle. 

Las cruces de los páramos se ahogan ante mi llanto. 

De tanto esperar tus manos, manos que nunca llegaron. 


Y ahora, el viento no sopla, 
ni la marea está alta, 
ni hay nadie en la proa, 
ni las velas levantadas. 

Ahora ya no hay remedio, ni a tu voz, ni a mi garganta. 

Ahora ya no hay arpeggios, ni luz, ni mar, ni nada.

Camino

Camino y camino por esta ciudad.  Esperando encontrarte una tarde de estas. Me mira una farola casi por caridad. Manchando la noche con tint...