Sin tener donde agarrarnos
en este pueblo que zozobra,
que nunca ve la maniobra
tiempo antes de estrellarnos.
Sin saber donde mirarnos
en esta España que se muere,
que se hunde, que bosteza,
que tirita de pereza,
que se pierde de tristeza.
No se oye ni un lamento
en esta Zamora que cruje,
ni un silbido que se cruce
con el llanto de un momento.
Hoy alegre y salerosa,
solariega por el viento del verano,
barco que sueña con un océano
de espuma blanca y acuosa.
Se enarbolan banderines,
de diversos colorines,
por un pueblo que agoniza
sin saber que ya es ceniza
mientras duerme en los cojines.
Mañana llega noviembre
con el viento del oeste,
los vencejos ya se van
en busca de otro verano
y una flor te añorará
una mañana temprano.
Las hojas volando están,
descuidadas y embebidass,
de su color malheridas,
suplicando un día más.
El otoño ruge con brío
y las arranca de cuajo.
Una anciana rigurosa
se aprieta fuerte el abrigo,
mientras esquiva un yerbajo
y cierra bien el postigo.
Un grano no hace granero
y aunque ayude al compañero,
en esta tierra sin sueño,
irá a manos de otro dueño,
como siempre ha sucedido.
La pobreza nos inunda
a pesar de que se esconda
detrás de unos ventanales
de sonrisas a raudales,
de caras rubicundas
y de llantos en los bares.
Lágrimas de un pueblo seco,
ignorante y pendenciero,
que se bate a machetazos,
que se hiere y que se agrede
con los cuernos de un rebeco.
Tierra de gente gigante,
siempre probando sus fuerzas,
que derribando cosechas
ni aunque Dios mismo las guarde
se librarán de las brechas.
No aprendemos señores míos,
que es mejor vivir el río
que liarse a mamporrazos,
que llenarse de tajazos,
y olvidarse de los mazos.
Zamora con su castillo
y su melancolía sin brillo,
su Duero, su Balborraz,
su Valorio y sus poetas.
Llora tan sola las penas
que sólo una Virgen serena,
toda vestida de negro,
la arropa en el frío invierno
que le corre por las venas.

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