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Resignación

Una mina desgastada deja caer una lágrima negra, de un grafito que sangra, que derrama un suspiro de espuma de mar. 

Un círculo se cierra y un compás yace clavado, inerte, con las puntitas abiertas, sin poder mirar atrás. 

La que apunta hacia arriba dejó de brillar, tantos otoños ya, que, ni siquiera, recuerda cuando se fue la camisa del vestido plateado, que vestía con esmero, aquella tarde de enero, en la que dejó de vibrar.

Está cansado de esperar, tembloroso ante unas manos cercanas, que expectantes se le acercan, pero ¡Ay, que no lo llegan a tocar!

Ya no baila sobre la seda del papel, no se desliza, en alegres piruetas, ni vuela por el aire dando saltos, volteretas. 

Ya no escucha las risas, ni los llantos, ni los gritos, ni el crepitar de los grillos, que traían esos niños en sus pequeñas maletas.

Muere solo, abandonado, sin función, con desencanto. Sus lamentos no se escuchan en el aula polvorienta, el eco trae de vuelta su voz ronca y lastimera. 

Y una anciana, sólo huesos y pellejo, le quiere cortar la nuca con un medallón en lasca. 
Un mechón albisolado se le enreda entre las tuercas, ya no respira el compás. 

En verdad se ha resignado

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