El barquito sin quilla oye un reloj de metal
que no marca las horas que son de verdad.
La noche le aguarda, le quiere velar.
La luna no sale, no sabe cantar.
Los palos se doblan, les pesa la pena
del hielo que cruje y rompe sus venas.
Su sueño lo guardan mil voces serenas,
en este infierno blanco de nieves eternas.
El barquito sueña con bosques etéreos,
que lo saquen de la nada, que lo arranquen del averno.
El viento ya arrecia, los hombres sin manos se suben los cuellos.
Y el alma se funde en cien mil juramentos.
No toca la espuma su dulce madera.
El agua se esconde, no sale a su vera.
El hielo lo empuja, lo cerca y lo aprieta.
Y el barco se rompe, se abren sus grietas.
Un día cualquiera, de cualquier estación,
el barquito no pudo, tan sólo se hundió.
La noche le espera y, sólo en esta ocasión,
sonará, para él, la nota perfecta de un veloz saxofón.
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